Reflexiones de un paro

Autor: Sebastián Narváez MEDINA

*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente del autor y pueden haber sido publicadas en otros medios de comunicación.

El paro nacional en Colombia ha demostrado ser una invitación al terrorismo y la fantochería de corrientes políticas oscuras que buscan penetrar el poder. Las imágenes que presenciamos las juventudes, y que se hicieron virales por los medios de comunicación, nos han dejado perplejos ante la falta de voluntad y entereza de quienes deberían educarnos con el ejemplo. Responsables son no sólo quienes mancharon la supuesta indignación justificada, sino también los líderes que han incitado al caos como Gustavo Petro en cabeza del Pacto Histórico. Una coalición que hoy a demostrado no tener corazón.

Desde las mismas juventudes que hoy se expresan, a pesar del trauma de la violencia, entendemos las diferentes realidades que viven las familias por falta de empleo, oportunidades y la falta de Dios. La gran mayoría de jóvenes han sido, desde una temprana edad, víctimas infortunadas de esas realidades. Pero hoy nos hemos dividido radicalmente entre quienes creen poder justificar su vandalismo con su realidad socioeconómica, y quienes entendemos que forjar una clase media solo se logra tejiendo una economía capitalista y a pulso. El trabajar del día a día con el sudor de la frente dignificará siempre los principios de libertad y propiedad. Y quien los viole, naturalmente debe ser sentenciado por el Estado que han construido y no destruido las personas de bien.

Se puede estar a favor o en contra de la reforma tributaria. Estar en contra del paro nunca será indicativo de una postura frente a las decisiones del gobierno. Somos muchos quienes no salimos a vandalizar, pero desde casa hemos acompañado la decisión presidencial de retirar la reforma de la mesa para conciliar. Aún después de las decisiones tomadas apoyamos la necesidad de recaudar fondos para los más marginados de nuestra sociedad, a causa de la difícil situación que enfrentan aquellos que hoy la izquierda ha utilizado como caballitos de batalla.

Los restantes han optado por justificar la intervención del Estado con la fuerza legítima del ESMAD y otros cuerpos de fuerza pública. No podemos amarrar de manos a los héroes que intervienen cuando el socialismo nos quiere arrebatar derechos naturales del hombre.

Con la intelectualidad que nos caracteriza como jóvenes sabemos que este trago amargo pasará, y el momento de conciliación sobre los destinos de la riqueza será próspero. Lo que no lograremos sanar serán las secuelas de los gritos y los heridos que nos deja una vez más el terrorismo. No sanaremos la informalidad que hoy volverá a su casa con hambre, ni el dolor de los empresarios que se esfuerzan por promover un trabajo estable y digno para los colombianos. Un país ya a medio andar por razones ajenas a su voluntad, y por un discurso altruista y falaz se ha paralizado

Al anochecer, cavilando en lo que experimentamos como paro, hemos desnudado problemas más grandes y de antaño, que inocentemente creímos haber superado. Nos dimos cuenta de que las guerrillas están ahora más presentes en las calles que en la selva, y confirmamos una vez más la mentirosa paz.

Descubrimos las intenciones del socialismo que quiere paralizar los supermercados, las entidades bancarias y la inversión extranjera, pero apoya el saqueo de estos y la difusión de miedo. Explayamos el adoctrinamiento sistemático en los establecimientos educativos a favor del comunismo. Colombia peligra en víspera electoral, y ojalá recordemos este momento de caos político que ha generado la llamada Colombia Humana.

Así se vería un gobierno de izquierda. Si ustedes lo vieron con sus ojos hoy, y no sienten la indignación de miles de jóvenes, tienen huevo.

Ahíto y renacido de la ablepsia

Autor: Sebastián Narváez

*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente del autor

Foto de: Fernando Vergara

Durante el gobierno de un cándido, Juan Manuel Santos Calderón, di un espaldarazo rotundo al proceso de paz que se llevaba acabo en Colombia. Y digo cándido porque no tengo argumentos idóneos para tildarlo de felón, ni a él ni a personas como Humberto de La Calle, Luis Carlos Villegas, Sergio Jaramillo, Rafael Pardo, Frank Pearl entre otras majestades. Así que escojo siempre partir del hecho que ellos, al igual que el jefe de estado de turno y los colombianos de bien, fuimos embaucados por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Foto de: Felipe Caicedo

En aquellos tiempos decidí alejarme de las corrientes conservadoras y aspirar a creer que esta vez no nos meterían “gato por liebre” a los colombianos. El día de la votación del plebiscito voté por el SI, y en meses anteriores ya me había enemistado con mis padres, amigos, y hasta mis vecinos; aunque, había resuelto toda discrepancia con mis antiguos contradictores, todo por un SÍ a la paz. Sin embargo, ese mismo día en el que el gobierno de turno no reconoció la irrebatible victoria democrática de quienes votaron por el NO, renací de la ablepsia que me había agobiado durante los años anteriores de mi vida. Recordé con gran nostalgia por qué siempre había apoyado las corrientes más conservadoras, y ahora solo navegaba en la triste compunción de quien ha traicionado a su patria.

Hasta el pasado 22 de noviembre de 2019, día en que estalló un camión bomba en Santander de Quilichao, Cauca, los buenos seguíamos poniendo a los caídos de un conflicto que nunca terminó. Se aprovecharon del paro nacional y la movilización de miembros del ejército a Cali para confirmar lo que sabemos, no hay paz. Y solo pensar que el exministro Guillermo Botero (Ministro de Defensa) salió de su cargo después de la indignación por bombardeos a campamentos con niños, pero que esa misma Colombia indignada no gritó ni repudió la muerte de tres miembros de las fuerzas armadas a manos de los macabros. Mi intelecto, aún tan precoz, no logra entender como millones en Colombia siguen dando crédito a la dichosa paz; o como la credibilidad de esta y de un proceso con en ELN (Ejercito de Liberación Nacional) son todavía una opción. No estoy dispuesto a reprobar en materias de paz, entendí que el único comodín de cara al futuro es utilizar la fuerza del estado con contundencia y en nombre del bien. No son las armas, es la institucionalidad de estas la que necesitamos para lograr la dichosa paz estable y duradera, no a medias. Una institucionalidad que solo garantiza el estado, y no partidos políticos con ejércitos asimétricos.

Consulado de Colombia en Newark, NJ

Hoy, completamente recuperado de mi propia argucia, anhelo no haber sido tan papanatas. Este proceso de paz es un proyecto insostenible, absurdo, careciente de institucionalidad. En años recientes REFICAR, Odebrecht, Samuel Moreno o las negligencias de Electricaribe han sido motivo de polémica y cólera para muchos. Todos desfalcos aberrantes, pero ninguno comparable con este. Con rigurosa objetividad, me atrevo a afirmar que el proceso de paz en Colombia es y será el fraude más grande que se le haya hecho a cualquier estado; y quedándome corto en mi apreciación, a cualquier continente; América Latina. Desabastecido de fuerza y argumentos para continuar apoyando la guerra en Colombia a través de la supuesta “Paz”, y en honra a el milagro que me ha curado de esta ablepsia política, exigiré por el resto de mi vida que estos forajidos, en el mejor de los escenarios, sean dados de baja por la patria misma y así redimir mi peor pecado, haber votado SÍ.