Colombia: casada con el glifosato por necesidad

Autor: Sebastián Narváez MEDINA

*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente del autor y pueden haber sido publicadas en otros medios de comunicación.

La historia del glifosato es la misma historia de cómo las narcoguerrillas han acabado no solo con las poblaciones mas vulnerables de Colombia, sino también con el medio ambiente. Los cultivos ilegales de amapola son responsables del 24% de la deforestación del país, pero para sorpresa de muchos la culpa la sigue teniendo el gobierno y su herbicida. Eso dicen.

En días recientes el gobierno de Iván Duque reinstauró la política de combate a los cultivos de coca y la polémica no se hizo esperar. La aspersión con glifosato es el método que está numéricamente comprobado como eficaz para la erradicación de estos cultivos.

Los tres pilares que lo hacen tan competitivo para países inundados de droga son el costo, la eficiencia y la seguridad. Sin embargo, otros optan por seguir defendiendo a las narcoguerrillas y al globalismo, bajo la precaria excusa de que mata y contamina. Como si la droga que circula por las principales avenidas del mundo no matara ni contaminara.

Ambientalistas y amigos de lo verde, en su mayoría, son quienes protestan en contra de la erradicación a través de este método. Aunque jamás se les ve protestando por las exorbitantes cantidades de cocaína que salen de Colombia, ni por las aberrantes amenazas que los grupos al margen de la ley significan para la nación, financiadas por el tráfico de esta sustancia.

Entre 2013 y 2019 los cultivos ilícitos crecieron en más de 100.000 por hectárea. Aún así los ambientalistas y la oposición siguen firmes en argumentar que el problema es el glifosato. Algunos estudios no concluyentes afirman que esta sustancia es levemente cancerígena y que trae efectos secundarios nefastos para los seres humanos.

Al igual que la cocaína, que sí tiene estudios concluyentes sobre sus efectos. Es cierto que tanto la EPA como la OMS han alertado que el producto tiene una leve toxicidad, sin embargo, está a la par en la clasificación con otros productos de uso cotidiano de las personas que también son levemente cancerígenos, como la carne roja.

Mientras quienes no viven el conflicto en carne y hueso vaticinan sobre la polémica del momento, algunos de los campesinos y ciudadanos de zonas rurales piden que se le de luz verde a esta medida. No aguantan un día más la inseguridad y el conflicto que los grupos al margen de la ley han generado alrededor de estos cultivos.

No toleran las amenazas que los integrantes de la fuerza pública reciben por parte de los indígenas, infiltrados por estas guerrillas comunistas para hacer de las suyas. En lo que va corrido del 2021 en Colombia han asesinado a 52 líderes sociales, y el 76% de estos asesinatos se han dado en lugares en los que se disputan los territorios ya sea por la siembra de coca o amapola, o por las rutas geográficas que surten al mundo de este producto.

De igual manera cifras históricas, especialmente del gobierno de Álvaro Uribe, logran demostrar que donde se erradica se aumenta la presencia militar, y asimismo descienden los índices de inseguridad y homicidios.

En términos del costo operativo y estatal para la aspersión con glifosato, a las guerrillas les conviene utilizar a los ambientalistas para disminuir la rapidez del proceso e incrementarlo a tal costo que genere indignación. Datos del gobierno demuestran que la erradicación manual y otro tipo de procedimientos alternativos pueden ser hasta 2,65 veces más costosos que la aspersión con glifosato.

En algún momento durante el gobierno Santos se intentó implementar la erradicación con máquinas oruga, pretendiendo igualar los tiempos y el número de hectáreas de la aspersión aérea. Sin vergüenza alguna los forajidos no lo permitieron, e incrementaron sus cultivos en las zonas de ladera, haciendo aún más indispensable el uso de aeronaves para esta práctica.

En los años 2006 y 2007, durante el gobierno Uribe, Juan Manuel Santos ejercía como Ministro de Defensa de la nación. Nunca Colombia había visto unos números tan contundentes en la aspersión y erradicación, casi 200.000 hectáreas hechas trizas en un año. La efectividad era tan alta y el costo tan bajo, que años más tarde cuando se convirtió en el gran amigo de las FARC, tuvo que desistir y condenar públicamente esta práctica como parte del aparatoso espectáculo que se vivió durante su mandato.

Puestas las cartas sobre la mesa, y en medio de las calientes tensiones que la élite protagoniza por la aspersión aérea, lo más rescatable es no olvidar que en Colombia el negocio es la cocaína y no el glifosato.

Con ambientalismos y altruismos quieren disfrazar la erradicación segura, efectiva y a bajo costo de enemiga del pueblo y aumentar la capacidad de impacto de una de las drogas más disruptivas que existen. El gobierno de Iván Duque se ha caracterizado por su tibieza a la hora de hacer políticas públicas para sus constituyentes.

En pocas palabras ha sido un fracaso. Pero si hay algo que podemos resaltar de los últimos meses de gestión que le queden a este cuartel, es que restituyó una de las herramientas letales para acabar con el financiamiento de los delincuentes, focalizando de nuevo la atención en el verdadero negocio del socialismo del siglo XXI. La droga.  

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s