Un complot histórico

Autor: Sebastián Narváez MEDINA

*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente del autor y pueden haber sido publicadas en otros medios de comunicación.

Se avecinan los comicios cafeteros para el 2022, y la sed de poderío despierta a una desahuciada izquierda, acometida a salir victoriosa y preponderante a costas de una inherente victimización. Con un lenguaje populista y embustero han bautizado su iniciativa como un fingido “Pacto Histórico”. Semejante a la tan solicitada paz del 2016, la cual también encasillaron como “histórica”, y no ha sido más que exención sin verdad. Orgullosos de logros errados y ajenos a sus competencias, siete partidos políticos acechan la conversión de la patria a un comunismo letal y venenoso.

Anhelan, sin embarazo alguno, hacer de nuestro estado el núcleo de políticas corrosivas para los albedríos de los que gozamos, entre otros, apresar nuestra moral, libertad y contienda económica. Advierten así, en cabeza de Gustavo Petro, Iván Cepeda, Roy Barreras, Armando Benedetti, y el patrocinio de Margarita Rosa de Francisco, una indubitable intimidación a la democracia. No dejen pasar por alto y con nombre propio, a la cúpula madrina de este complot que anuncia su trágico desenlace.

Pactos de la misma naturaleza tienen a países enteros sumergidos en la angustia de un sistema cleptómano. Movimientos que aún no paladeaban potestades nacionales, e invitaban a su pueblo a saborear una manzana pútrida y solapada. Una vez en el poder; promesas de reformismo que se consuman en desprecio social, hambruna, conformismo y un estancamiento del verdadero progreso colectivo. Con una narrativa de caudillismo, el izquierdismo colombiano pretende acaparar todos los tentáculos del poder para el 2022.

Hablan de paz cotidiana, estable y duradera, en negación de su absoluta conspiración para incentivar una agenda de paz auspiciada por el narcotráfico y la intimidación de inocentes. Si realmente procuraban progreso, fallaron hace 60 años, al no prever, que la insurgencia no era el método más práctico para imponerse como autoridad, y asimismo se rehúsan a pagar el precio político y social de su oscuro pasado.

Un proceso así nos apremia a desenmascarar la opresión disfrazada de voluntad democrática, que pregonan desde la Colombia Humana, la Unión Patriótica, el Polo Democrático, el MAIS, el Partido Comunista, y la sospechosa y activa influencia de las aún existentes guerrillas en la clandestinidad de la impunidad. Muchos intentando desligar la izquierda de apellidos expuestos en esta columna, hoy bajo la misma sombrilla y corroborando que nunca nos equivocamos en nuestra caracterización.

Con desmesurado descaro, adornan el progreso liberal y la institucionalidad como el peor enemigo de la paz. Ellos, quienes ametrallaron a su pueblo, proclaman una íntima amistad con la concordia. Fomentan discursos ambientales, feministas, igualitarios, sin embargo, nunca se les escucha promover políticas contra el terrorismo, la droga, o la restauración de la consciencia de las juventudes, a pesar de una indiscutible ausencia de su criterio moral. No se percibe una autocrítica de sus masacres ni desfalcos durante sus periodos en alcaldías ni gobernaciones. Hablan de supuestas nuevas violencias declarando que, sin este complot histórico no se puede restaurar el estado.

Asimismo, no podemos omitir aquellas fuerzas políticas de tintes grises llamados Verdes. Personalidades como Humberto De La Calle, Sergio Fajardo, Claudia López, entre otros tantos, quienes imploran ser divorciados de las corrientes que alientan dicho movimiento. Lejos de acusar a los susodichos de cualquier nexo con el izquierdismo, subyace un llamado a caminar vigilantes.

No puede ser misterio ni sorpresa que el mismo centro habilite canales de apertura a dichas temáticas. Escondida en medio de tanta independencia política, se han refugiado leyes para legalizar la insurgencia, promover un aberrante libertinaje y seducir mocedades con discursos de igualdad y no de equidad. Que la intuición nos apremie con el descubrimiento de las modestas pero arriesgadas intenciones del Centro.

De manera que, logramos explayar en una breve cuenta de caracteres, motivos suficientes para aseverar que este pacto tiene más tinte de complot que de histórico. Una avanzada para desgastar las caderas del estado de derecho y otorgarles el poder absoluto a los insurrectos. De acontecer, lo histórico sería presenciar cómo, una Colombia bombardeada de comunismo opositor, se hunde en las trincheras de tan desdeñada fantochería. No nos permitamos fanatizar un complot que se presenta ante nuestra retina como el mesías de la epifanía criolla. En algún pasado nosotros, visionarios, resucitamos a Colombia del infortunio de la rebeldía y con abundante hidalguía prometemos prevalecer.

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