Malaventura

Autor: Sebastián Narváez

*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente del autor y pueden haber sido publicadas en otros medios de comunicación.

Buenaventura, hoy asfixiada entre desesperantes clamores de auxilio y un raudal de lagrimas de sangre. Anegada de las peores pestilencias tatuadas en la bandera de Colombia, el narcotráfico y la corrupción. Incendiarios de lo ajeno catalizan el conflicto con politiquería de quinta, y apuntan con ardientes trinos, sin comprender que, cualquier casta de poder esta manchada con la indolencia que heredamos por siglos, contra una tierra que nos ha dado una identidad cómo país

Mientras la imprenta de dinero y una paz a medias sean los peones para enfrentar la pobreza y el desamparo social extremo, seguirán en sucesión todos los conflictos que han convertido al Pacífico en una temerosa carnicería. Una insólita mezcla de falta de autoridad institucional, putrefacción de consciencias y fertilidad geográfica han llevado al caos absoluto de quienes no lo merecen. Índices de desempleo que parecen rascacielos, miseria, hambruna, y bala se viven en tierra de nadie. A falta de maleantes apátridas que tienen la victoria del pavor, mafiosos extranjeros influyen en las corrientes que arrastran a un pueblo a su desgracia.

La actual situación de uno de los puertos más influyentes del continente podría describirse cómo una anarquía de grandes influencias y oscuras potestades. De lo contrario, no se podría explicar que grandes y foráneas sociedades hayan traído sus patrimonios a una tierra tan fértil, y la historia condene a sus gentes a un desenlace arcaico. Ante dicho pronóstico, no vemos más remedio que demandar la fuerza de coerción en su máxima expresión. Las armas, esas mismas que nos han concedido la independencia, sean hoy las que fusilen las cadenas de la mafia y hagan desvanecer de este orbe a los caciques del terror.

En términos de costura política, más seguridad democrática y menos mesas de dialogo con los cacos de la selva. Aunque, reflexionando sobre la honradez de la consciencia, los cacos de cuello blanco también deberían ser fusilados de sus despachos y arrodillados en plenaria para que confiesen su alma de forajidos. Y para quienes sufren de escándalo compulsivo por quienes apoyamos el uso de la fuerza letal, que los indígenas, mestizos y negros sean la vacuna; aquellos que mueren de hambre a costas de Ferraris arancelarios y sumergibles cargados de cocaína.

Después de una máxima sentencia a su agonizante humanidad, Buenaventura despierta una vez más y se toma las vías de hecho para exhortar un pacto digno de cualquier humanidad. Desmadrados quienes se ofuscan por una reacción pura y natural del hombre; héroe, quien sale de su gruta extenuando con sus marcas de leontinas, y se despoja de su miseria.

Abúlicos aquellos periodistas que entre nota y entrevista reclamaban que, las protestas en el puerto afectarían a cincuenta millones de colombianos y un repertorio de multinacionales, maquinas de dinero. Profesionales que saben más de números que de hambre. Indiferencia, es lo que hemos adoptado del periodismo llamado crítico y acostumbrado a tantas cifras, denuncias y ruinas. Ese mismo periodismo que no se escandaliza cuando vándalos camuflados de progresistas se toman las calles financieras de la capital para impulsar el deterioro de la especie.

La tierra más fértil es negra, asimismo esta raza, la más poderosa y pura en la existencia de los semejantes. La que mas tolera, agoniza, es azotada, ultrajada, robada, y sigue de pie y a la espera de alguna suerte que advierta una luz al final del túnel. Harán falta no solo las armas, sino un ejército de procuradores y contralores que intervengan las instituciones públicas de la ciudad, y la región pacífica en general. Harán falta mazmorras que acojan al puñado de adefesios que han saqueado a nuestra gente y sus esperanzas e ilusiones de no ver a su pueblo como un comodín del comercio.

nacional. Haremos falta nosotros, humildes y sencillos escritores, comunicadores, politólogos, y medios independientes, quienes damos la batalla empujando los vagones de la igualdad social para comunidades que han sido despojadas de sus derechos y degolladas de su voz. Acabemos con esta maldición. Señor flamante Ministro de Defensa Diego Molano, bienvenido a esta coincidencia, su hora de brillar.

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