Asesinos en Buenos Aires

Autor: Sebastián Narváez

*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente del autor

El pasado 30 de diciembre de 2020 el pueblo argentino, en cabeza de un desafortunado gobierno cuentista, confesó su instinto asesino a los ojos del cosmos. La legalización del Aborto a manos de un quórum se convirtió en el apocamiento de otros, gauchos pundonorosos quienes aún dignifican el don de la existencia. Asesinos y asesinas inundaron las calles de Buenos Aires para bramar por una aberrante conquista en su agenda libertina. Ante la legalización del óbito es menester que el antagonismo brote desde cada rincón de la tierra, y a una sola voz esta tribuna no se permite ser la excepción. El libre albedrío no es ilimitado, la vida es perenne y el crimen por conveniencia no se justifica por medio de leyes ni decretos. De manera que, más allá de un escrito, subyace la consciencia de todos los que se unen a esta plegaria por la honra y el decoro de la humanidad.

La legalidad de interrumpir un embarazo es entendida por una sociedad remozada como una protección a la vida de la mujer, y la validación de reverenciar un supuesto derecho sobre otra vida, que entre otras cosas no le corresponde. Partamos de esclarecer que muchos de los y las que se manifiestan en virtud de esta oscura voluntad, ultrajan su cuerpo con alteraciones irreversibles, sin percatarse, que el mismo es tan solo un templo de alquiler temporal. Que ha de significar para aquellos desapercibidos la savia y la deontología. La verdadera libertad se agota cuando se estruja lo ajeno a la potestad propia. Esto incluye todo lo engendrado por la naturaleza, desde los embriones hasta los fetos, pero más trascendental aún las ánimas sobre las que se decide. La nueva fama de dicha libertad nos expende embustes, nos atrapa en un pensamiento de autodeterminación inexistente, en el que los sin voz y sin vida son los únicos perjudicados.

En los últimos días el gobierno de Alberto Fernández, de un modo eufórico y con un ímpetu de laurel, promulgó dicha ley la cual objetamos con categoría. En un evento nacional, el presidente aseguró que la ley extendía la capacidad de decisión de los argentinos, y construía una sociedad en la que reinaría la igualdad, sin importar el género o la raza, sin discriminación. Tan errado tanto como por la ley como por su diatriba, dicho proceder constitucional no promueve la igualdad entre las personas y mucho menos extiende alguna capacidad de juicio. Con certeza, lo que la ley permite es que tanto los padres de familia como las ánimas sin voz no tengan capacidad de decisión sobre su propio destino, ni el destino del fruto de sus entrañas. Peor aún, les otorga derechos exclusivos a las doncellas, para que sean ellas quienes tengan el poder absoluto sobre algo que nadie debería sentenciar en la tierra, ni hombres ni mujeres; sino asimilar. Esa misma verdad es la que evidencia que dicha ley si propaga la discriminación de género. Tan inquietos por acabar con matar ánimas inocentes, no se percatan de que en cuantiosas oportunidades es el hombre quien obliga y cohíbe a la mujer, con manipulación y agresión, de gestar un embarazo deseado. Con ansias de saciar el populismo del que somos víctimas, este tipo de actos no son condenados ni promulgados por ninguna ley.   

Cómo si fuera poco, el gobierno no solo ahora permite sacrilegios contra la dignidad humana, sino que los financia, y le ha puesto un precio a la vida de un bebé. La nueva ley pretende financiar tanto los primeros años de infancia como la decisión de practicar el aborto. Ignorantes y mezquinos aquellos padres que, por promoción del estado, han calculado todo un financiamiento de subsistencia alrededor de dar a luz, antes de dar luz. Igual de miserables y canallas a los que pretenden que, un estado cuyo menester es proteger y velar por sus ciudadanos, cometa masacres a expensas de los contribuyentes. Ciertamente esto de poner un precio sobre lo uno o lo otro, no nos llevará a ser una sociedad mas justa, mas igual, con mejores condiciones, pero sobretodo con un sentido del moralismo y la ética perpetua. Acompañando todo esto viene un grito por estipular canales de aprendizaje que mejoren la educación sexual en los países del continente. Esto sin advertir que lo que necesita la juventud abandonada por sus estados es una mejor educación espiritual, para que se instruya que temas tan propios de la naturaleza del hombre no requieren de tanta porfía.

Dicho todo esto, no hay más remedio que hacer caso omiso a una amañada verdad que venden las más recientes corrientes políticas, especialmente sacando el mejor provecho de los nuevos métodos para entretener a las mentes menos intelectuales, fomentando un libertinaje y una falta de integridad nociva para la especie. Esas mismas corrientes que dramatizan la problemática del cambio climático, o la legalización de usar sustancias alucinógenas, quienes contradicen su verdadera reflexión sobre la subsistencia. No podemos seguir permitiendo que sean nuestros bolsillos los que patrocinen dicha inmoralidad, porque ante todo y sin discusión alguna, el libre albedrío no es ilimitado, la vida es perenne y el crimen por conveniencia no se justifica por medio de leyes ni decretos. La consciencia ha de prescribir en quienes ven, lo que llaman vida, como el milagro que calma la tempestad.

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