Adiós distinguido caballero

Autor: Sebastián Narváez

*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente del autor

Carlos Holmes Trujillo García, un gubernativo digno de una patria llamada Colombia, país al cual sirvió en la esfera pública desde 1976. En los libros de historia se ha escrito el fin de este abogado e internacionalista, quien, mientras militaba como Ministro de Defensa, fue sujeto de su destierro. Una repentina ausencia, que nos ha dejado patidifusos a quienes contemplábamos el esplendor de un político de antaño. Colombia ha perdido a uno de sus más venerables conserjes, y la academia a un erudito preceptor del derecho constitucional, la diplomacia internacional y la sana competencia ministerial.

Que no parezcan desmesurados tantos elogios para aquel distinguido caballero, que a sus 25 años ya había sido designado cónsul de Colombia en Japón. País en el que mientras ejercía sus labores diplomáticas, se instruía en materia de negocios internacionales. A pesar de su linaje liberal, era precursor de la hidalguía política, por tal era considerado para los cargos más controversiales del estado. En 1983, tras su retorno del país asiático, Trujillo sirvió como secretario financiero del alcalde de Santiago de Cali, el conservador Julio Riascos. Épocas de un liberal a disposición de un conservador, un hito del que solo alguien como Holmes podía ser participe. Tres años mas tarde se convirtió en el primer mandatario de los caleños, y así este vallecaucano se abría paso por los grandes escenarios de cabildeo de la nación.

Los ministerios de educación, relaciones exteriores, defensa y múltiples embajadas fueron anfitriones de este gran señor, que cumplió a cabalidad todas sus funciones por la patria, digno así de cinco gobiernos presidenciales de diferente casta política. Holmes siempre fue el ministro más importante del gobierno Duque. Apagaba incendios donde escaseaba el agua, y era un clave comodín del Centro Democrático en la Casa de Nariño; casi como un presidente más tras bambalinas, garantizando las políticas de seguridad democrática de su patriarca. Durante los debates de control gozaba de una intachable elocuencia, y era catedrático frente a las cámaras y a sus colegas. Padre de una gran ralea, hasta sus mas íntimos contradictores lo hallaban imprescindible en sus administraciones. Recio y determinado, para muchos era la faz de los próximos cuatro años de gobierno y la esperanza de los zagales conservadores.

Pero la muerte es indomable, y no existen honor ni gloria que hagan inmortal de carne a un personaje de tal carácter. El recorrido se consume, e inmortales son el honor y servicio al que Carlos Holmes Trujillo García dedicó tantas primaveras de vigor. Antes de partir, el saliente ministro apoltronó una fascinante imagen de Colombia ante el mundo y restauró gran parte de la defensa estatal contra el crimen en las zonas más apartadas de su territorio nacional. Rehuyendo lo anterior, quedan las remembranzas, pero más que nada la reflexión. La inconsciencia colectiva acaba hasta con el más prominente de los dignatarios. Adiós distinguido caballero.

Asesinos en Buenos Aires

Autor: Sebastián Narváez

*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente del autor

El pasado 30 de diciembre de 2020 el pueblo argentino, en cabeza de un desafortunado gobierno cuentista, confesó su instinto asesino a los ojos del cosmos. La legalización del Aborto a manos de un quórum se convirtió en el apocamiento de otros, gauchos pundonorosos quienes aún dignifican el don de la existencia. Asesinos y asesinas inundaron las calles de Buenos Aires para bramar por una aberrante conquista en su agenda libertina. Ante la legalización del óbito es menester que el antagonismo brote desde cada rincón de la tierra, y a una sola voz esta tribuna no se permite ser la excepción. El libre albedrío no es ilimitado, la vida es perenne y el crimen por conveniencia no se justifica por medio de leyes ni decretos. De manera que, más allá de un escrito, subyace la consciencia de todos los que se unen a esta plegaria por la honra y el decoro de la humanidad.

La legalidad de interrumpir un embarazo es entendida por una sociedad remozada como una protección a la vida de la mujer, y la validación de reverenciar un supuesto derecho sobre otra vida, que entre otras cosas no le corresponde. Partamos de esclarecer que muchos de los y las que se manifiestan en virtud de esta oscura voluntad, ultrajan su cuerpo con alteraciones irreversibles, sin percatarse, que el mismo es tan solo un templo de alquiler temporal. Que ha de significar para aquellos desapercibidos la savia y la deontología. La verdadera libertad se agota cuando se estruja lo ajeno a la potestad propia. Esto incluye todo lo engendrado por la naturaleza, desde los embriones hasta los fetos, pero más trascendental aún las ánimas sobre las que se decide. La nueva fama de dicha libertad nos expende embustes, nos atrapa en un pensamiento de autodeterminación inexistente, en el que los sin voz y sin vida son los únicos perjudicados.

En los últimos días el gobierno de Alberto Fernández, de un modo eufórico y con un ímpetu de laurel, promulgó dicha ley la cual objetamos con categoría. En un evento nacional, el presidente aseguró que la ley extendía la capacidad de decisión de los argentinos, y construía una sociedad en la que reinaría la igualdad, sin importar el género o la raza, sin discriminación. Tan errado tanto como por la ley como por su diatriba, dicho proceder constitucional no promueve la igualdad entre las personas y mucho menos extiende alguna capacidad de juicio. Con certeza, lo que la ley permite es que tanto los padres de familia como las ánimas sin voz no tengan capacidad de decisión sobre su propio destino, ni el destino del fruto de sus entrañas. Peor aún, les otorga derechos exclusivos a las doncellas, para que sean ellas quienes tengan el poder absoluto sobre algo que nadie debería sentenciar en la tierra, ni hombres ni mujeres; sino asimilar. Esa misma verdad es la que evidencia que dicha ley si propaga la discriminación de género. Tan inquietos por acabar con matar ánimas inocentes, no se percatan de que en cuantiosas oportunidades es el hombre quien obliga y cohíbe a la mujer, con manipulación y agresión, de gestar un embarazo deseado. Con ansias de saciar el populismo del que somos víctimas, este tipo de actos no son condenados ni promulgados por ninguna ley.   

Cómo si fuera poco, el gobierno no solo ahora permite sacrilegios contra la dignidad humana, sino que los financia, y le ha puesto un precio a la vida de un bebé. La nueva ley pretende financiar tanto los primeros años de infancia como la decisión de practicar el aborto. Ignorantes y mezquinos aquellos padres que, por promoción del estado, han calculado todo un financiamiento de subsistencia alrededor de dar a luz, antes de dar luz. Igual de miserables y canallas a los que pretenden que, un estado cuyo menester es proteger y velar por sus ciudadanos, cometa masacres a expensas de los contribuyentes. Ciertamente esto de poner un precio sobre lo uno o lo otro, no nos llevará a ser una sociedad mas justa, mas igual, con mejores condiciones, pero sobretodo con un sentido del moralismo y la ética perpetua. Acompañando todo esto viene un grito por estipular canales de aprendizaje que mejoren la educación sexual en los países del continente. Esto sin advertir que lo que necesita la juventud abandonada por sus estados es una mejor educación espiritual, para que se instruya que temas tan propios de la naturaleza del hombre no requieren de tanta porfía.

Dicho todo esto, no hay más remedio que hacer caso omiso a una amañada verdad que venden las más recientes corrientes políticas, especialmente sacando el mejor provecho de los nuevos métodos para entretener a las mentes menos intelectuales, fomentando un libertinaje y una falta de integridad nociva para la especie. Esas mismas corrientes que dramatizan la problemática del cambio climático, o la legalización de usar sustancias alucinógenas, quienes contradicen su verdadera reflexión sobre la subsistencia. No podemos seguir permitiendo que sean nuestros bolsillos los que patrocinen dicha inmoralidad, porque ante todo y sin discusión alguna, el libre albedrío no es ilimitado, la vida es perenne y el crimen por conveniencia no se justifica por medio de leyes ni decretos. La consciencia ha de prescribir en quienes ven, lo que llaman vida, como el milagro que calma la tempestad.